La quietud del crepúsculo

21 Mar

Cristóbal Carrasco Bermudo,  Barcelona

 

Miraba a la quietud del crepúsculo,

a la lentitud de los pasos marcados,

a la pasividad de los gestos,

hasta  sentirse invadido por el letargo,

algo así como un verso muy largo, largo y largo,

y mil veces su propio peso en los párpados.

 

Había estado mirando

sentado en el vértice del día

al estatismo del tiempo,

a la parsimonia de los relojes

al marcar los segunderos,

a la paz prolongada de silencios,

y a las palomas, acechándole.

 

Sentía el abandono de la plaza

como labios fríos de estatuas,

no tenía hacienda, no tenía casa,

tan solo una maleta donde apenas

guardaba los escasos bienes

de una vida con cargos,

de un pasado con clase.

 

Miraba como con pena, casi con asco,

a la indiferencia de los afortunados,

al vértigo de la nada, mientras de la maleta,

con un ritual aprendido, agarraba tembloroso

lo que bien pudiera ser una pistola.

 

Tres disparos quebrantaron el silencio,

tres únicos disparos

en medio de la plaza,

en medio de la nada.

Nadie lo hubiera imaginado,

pero para él

la revolución ya había empezado.

 

 

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