Carne de procesión

10 Sep

Conrado Santamaría La Rioja 1962  

 

Fueron tiempos de hechizos y deslocalizaciones,

de estiércol rebosado y artificiales fuegos.

No sé si os acordáis.

 

Nosotros,

 

encorvados y alegres,

 

procesionábamos delante de las oficinas del paro vestidos de nazarenos,

procesionábamos por la mañana y por la tarde,

entre el redoble de los tambores y el estruendo de las cornetas,

procesionábamos por las noches también,

cuando las puertas de las oficinas habían sido clausuradas

y en sueños sudorosos nos empeñábamos en procesionar.

 

Bajo la lluvia, bajo la nieve, bajo los arduos rayos del sol

procesionábamos.

 

Procesionábamos

con nuestros propios pies, que descalzos arrastraban las cadenas,

procesionábamos

con nuestras propias manos,

que ensangrentadas manejaban la disciplina,

procesionábamos

con nuestra propia canción, que silenciada se adhería a la polvareda.

 

Éramos carne de procesión.

Nuestros capirotes señalaban arrogantes el cielo,

mas la luz les huía,

nuestros cirios encendidos apenas iluminaban,

nuestros sambenitos devolvían su amarillo festivo a los ojos agradecidos de los espectadores,

que deslumbrados apartaban la mirada.

 

Procesionábamos interminablemente,

 

delante de las oficinas del paro,

delante de los estadios,

delante de los cuarteles,

delante de las catedrales,

delante de los patíbulos,

delante de las grandes superficies,

delante de los cementerios,

delante de los concesionarios,

delante de los parlamentos,

delante de las fundaciones,

delante de los hospitales,

delante de las cajas de ahorro,

delante de las cárceles,

delante de las administraciones de lotería,

delante de las escuelas,

delante de los parques temáticos,

delante de los manicomios,

delante de las redacciones,

delante de los urinarios,

delante de los zoológicos,

delante de los paraninfos,

delante de las comisarías,

delante de los solares en construcción.

 

Y procesionábamos también delante de todos los espejos,

desde cuya superficie cantarina nos mirábamos galvanizados y sonrientes por debajo del capirote sin querer comprender.

 

Sonámbulos

durante el día

y durante la noche

sonámbulos.

 

Procesionábamos y procesionábamos,

y a nuestras espaldas

no se derrumbaban edificios en llamas,

ni las nubes descargaban torrentes de sangre,

ni surgían del fondo del mar serpientes emplumadas,

ni las mujeres parían en los escombros niños decapitados.

 

Éramos carne de procesión.

 

Aquellos tiempos

de  verbenas y capitulaciones,

de botellones a la sombra y pequeños milagros domésticos.

No sé si os acordáis.

 

 

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