José Amaya, Málaga
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Un día y otro, y todos lluviosos.
Un borracho camina blasfemando,
Escupiendo al sucio asfalto que ríe.
Tiendas abren y cierran sus puertas de cal,
Mientras los minutos nos aniquilan.
Mientras las mentiras se hacen del cielo,
Butacas del teatro están vacías.
Y sigue la lluvia, lluvia de azufre,
Lluvia de serpiente que nos aliena.
Pero ¿Quién alza la voz este siglo?
¿Quién tiene su bella lengua aun sin cortar?
Hay un negro muro de acero que espera
ser destruido. ¡Nosotros lo haremos!
Hay un abismo, hijo mío, que se abre
En medio de esta nada. Ve hacia allí.
Y estando en aquel desierto rubí,
Del color de tus sueños ya olvidados,
Acuérdate de lo que ves y dilo,
Dilo a este tu mundo que va muriendo.
Dilo con la humildad de las verdades,
Con la fuerza de una horda de jaguares.
El poeta puede cambiar el mundo,
Y tú, querido hijo, eres futuro,
Realidad ingrávida, un poeta.
Llama que cruza las constelaciones
Amando cada planeta y cada hoja.
Cambiaremos el mundo, sin vanidad
Ni gotas de lágrimas que caminen
Por nuestros rostros, querido hijo mío.
Despide a tu antiguo mundo, tu vida
Vivida hasta ahora, grisáceas guerras,
Dinero, dinero, dinero, gloria.
Despídete sin arrogancias torpes.
Di adiós, porque es otro el mundo que espera.